Horizonte azulado

Contemplaba pacíficamente como las olas bañaban sus pies. Escuchaba los lamentos susurrados en “la mayor” que provenían de los cantos lejanos de aquel azulado horizonte. Y recordó aquella infancia cerca de la costa, cerca del mar, donde pasaba las tardes sintiendo e imaginando.

horizonte azulado

Los peces saltaban a estribor, cuando por primera vez, embarcó en un barquito de pesca. Los delfines aparecieron tan sólo unas horas después de echarse a la mar. Los acompañaron durante un trecho del camino, mientras él preparaba las redes de captura. Los brillos del sol se reflejaban por todo el azul del océano, y marcaban, difusamente un camino que llevaba hacia el recto horizonte.

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El árbol milenario de las lágrimas

Le contaba el señor Antonio a su hija Andrea, a la que llevaba en brazos, que allá arriba, donde habitan las estrellas, existía un árbol milenario cuyo tronco y ramas eran de oro puro, y que las hojas eran frondosas y estaban llenas de vida. El viento de las alturas se entremezcla con el calor de las nubes, y acaricia todo el lugar con una brisa que hace brillar las hojas, y el susurro que se desprende de ellas, producen una canción que se escucha en todo el Olimpo.

árbol

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La sombra de Celestina

Pascual se sentó en el suelo, mirando a su abuela con detenimiento. Cruzó las piernas, y dejó sus rechonchos brazos sobre ellas, esperando que Celestina, su abuela, terminara de cortar la naranja. Le llamaban la atención las profundas arrugas del delgado rostro que sonreía con dulzura.

Ella se sentía observada y levantaba la vista, sonriéndole, había un pacto de respeto entre ambos, y se entendían tanto en las charlas, como en los silencios. Celestina sabía que estaba esperando un cuento, parecía sentir como el corazón de su nieto esperaba desbocado a que ella pronunciara la primera palabra de su historia. Fuera hacía un día soleado, y sus hermanos estaban disfrutando del agua de la pequeña piscina de plástico azul.

La sombra de Celestina

La sombra de Celestina

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Basilio, el duende travieso

Basilio era un duende muy travieso, inquieto, y un poco impaciente que vivía en el país de las mentiras.

Su trabajo era muy creativo. Durante el día inventaba nuevas mentiras, mejores que las del día anterior. Y luego, por las noches, viajaba por todo el mundo, para susurrar sus mentiras a los oídos de la gente dormida.

duende traviesoAlgunas de las mentiras inventadas eran de las pequeñas e inocentes, que no hacían daño ni a una mosca, mentiras que, pasado el susto o enfado inicial, se convertían en bromas. Luego había otras, malintencionadas y bastante enredadas, que costaban mucho de olvidar. Y, por último, había unas tan grandes e imaginativas, que siempre que se contaban, la gente se quedaba con la boca abierta. Estas últimas mentiras son las que más le gustaban a Basilio, y eran las que solía susurrarles a los niños, pillos y traviesos como él.

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