Lápices, inspiración y tiempo

Le llamaban Don Manuel. Era uno de los vecinos más conocidos de aquel distrito. Ahora, con casi 80 años, era un hombre reconocido no sólo en su ciudad natal, sino también en todo el país. Don Manuel era un escritor de éxito, aunque sus principios no fueron demasiados sonados.

Sus comienzos como escritor fueron más bien tristes. Escribía relatos cortos, de pocas páginas, ideas buenas, pero mal encadenadas, los editores le decían que ya le llamarían. Estuvo a punto de dar marcha atrás en su idea de ser escritor.

Pero entonces, llegó a esa papelería. Entró por curiosidad, los globos de colores del escaparate, y los numerosos cuadernos de hojas blancas parecían llamar a las personas que por allí paseaban.

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La visita veraniega de Circius

El fin del verano es una buena temporada para bajar a la Ciudad del Viento, anunció Circius la noche anterior. Hace tiempo que no voy, y estoy seguro que Céfiro me lo agradecerá de cara al otoño.

Además, tengo unas cuantas plantas a las que echarles el ojo. Estaban teniendo un problema de plagas, y el jardinero de la ciudad no está haciendo bien su trabajo. Creo que no sabe con qué combatirlas.

La visita veraniega de Circius

Fagot, uno de los pequeños vientos, hijo de Circius le hizo una pregunta.

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Horizonte azulado

Contemplaba pacíficamente como las olas bañaban sus pies. Escuchaba los lamentos susurrados en “la mayor” que provenían de los cantos lejanos de aquel azulado horizonte. Y recordó aquella infancia cerca de la costa, cerca del mar, donde pasaba las tardes sintiendo e imaginando.

horizonte azulado

Los peces saltaban a estribor, cuando por primera vez, embarcó en un barquito de pesca. Los delfines aparecieron tan sólo unas horas después de echarse a la mar. Los acompañaron durante un trecho del camino, mientras él preparaba las redes de captura. Los brillos del sol se reflejaban por todo el azul del océano, y marcaban, difusamente un camino que llevaba hacia el recto horizonte.

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La colorida tibieza del amor

La primera vez que coincidieron, él no se fijó en ella. Llevaba meses caminando distraído, sumido en sus propios pensamientos, que lo sumergían en un océano de colores dispar. Y es que Iván era pintor. Pero no uno cualquiera, era un artista. O al menos eso pretendía.

Sus primeros cuadros habían sido nombrados en revistas del sector artístico, habían sido expuestos en las mejores galerías durante varios meses, recibía llamadas y cartas a todas horas felicitándole por la tibieza con que expresaba sus sentimientos o pensamientos en sus cuadros.

color

Tan sólo una persona confió en él, y en su arte: la dueña de la mejor galería de arte de la Ciudad del Viento.

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