El viaje de Johann Longevie

Una vez Johann tuvo que viajar. ¡Oh! No era muy lejos, ni siquiera iba a estar allí más de dos días. Pero suponía un cambio en su rutina, dejar a Caballero con alguno de sus amigos, darle sus llaves a sus vecinos para que entraran a regarle las plantas…

El único viaje que recordaba era uno en que iba con su padre en un barco. Debía de tener unos siete u ocho años. Sabía que se le había hecho muy largo, pero la compañía de una niña, un par de años más joven que él, lo había animado. Hoy, se preguntaba que sería de aquella infante. Se echó a reír cuando resonó en su cabeza la pregunta de aquella niña:-“¿Porqué las calles están llenas de agua?”
No recordaba la respuesta de los padres de ella, sólo recordó la cara de sorpresa que ambos habían puesto, mientras ellos, sin esperar respuesta, habían vuelto a sus juegos.

orange_gerberaY, qué casualidad, el viaje era al mismo sitio que por aquel entonces.

Johann preparó su maleta, metió un par de camisas, un libro sobre plantas de interior, unas hojas de papel, un lápiz y su inseparable diario.

Llegó antes de lo esperado, y tras dejar la maleta en el hotel se fue de excursión en una apacible noche invernal.

Encontró todo aquello que esperaba de aquel lugar. Gente paseando animadamente por la noche, luces en todas las calles… Y a las afueras, allí donde el mar entregaba su pasión a la playa, un cielo plagado de estrellas.

Siempre existe un momento, en el que se da un paso decisivo, ese paso, pequeño o grande, nos aleja para siempre del mundo de las certezas. La mayoría de nosotros lo damos de forma inconsciente, sin comprender del todo su trascendencia, pero imaginemos por un momento que como para la mujer, este gesto se concreta y precisa: con un solo paso el mundo deja de desfilar ante nosotros y somos nosotros quienes con nuestras elecciones decidimos por donde debe discurrir el desfile… ¿Cuántos nos atreveríamos a cambiar de aires, cambiar de lugar y dar ese paso final?

En eso estaba pensando Johann Longevie cuando la encontró. Ella estaba con la cabeza baja, mirando al suelo como buscando una respuesta que no llegaba. Dos pasos más adelante, y con paso rápido, él mostraba una cara agresiva, los ojos empequeñecidos por la irritación.

Johann se los cruzó y decidió seguirlos en un instante de pasión. No quería interrumpir lo que probablemente había sido una discusión. Pero cuando ella levantó la cabeza, y lo miró con esos grandes ojos, repletos de lágrimas, supo que su primera impresión había sido cierta.

Ella era la niña de aquel barco.

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