Impulsos

La conoció una noche de verano. Él estaba paseando por la orilla de la playa, aprovechando las últimas luces, y ella, venía hacia él, corriendo. Un perro la seguía con una pelota naranja entre sus dientes.
Unos pasos antes de cruzarse, ella se paró, se agachó, poniendo sus manos sobre sus rodillas, mientras el perro dejaba a sus pies la pelota. La cogió, y se la tiró hacia donde él se encontraba. Los rayos de sol iluminaron su cara tostada, que mostró una bella sonrisa. Su pelo, agarrado en una cola de caballo, salía ensortijado, tapando con cierta gracia parte de su frente.

impulsosSe acercó a él. Se disculpó por si su perro le había molestado, a lo que él, entre tartamudeos, contestó que no importaba. Ella se despidió, y tras subirse la coleta, le tiró la pelota al perro. Justo cuando ya comenzaba de nuevo a correr, él le dijo:

-“Te he estado esperando.”

Ella se volvió, y, sonriente, le preguntó si se refería a ella.

-“Sí, he venido hoy a la playa, porque pensaba que hoy te encontraría. Bueno, no. A ti en concreto, no. No te conozco. Pero sabía que hoy iba a pasar algo bueno, y… Estoy delante tuyo. No sabría explicártelo, era una intuición, un presentimiento.”

A todo esto, la chica se había acercado nuevamente, y le sonreía, guiñando a la vez los ojos, molestados por el sol.

-“Desde pequeño he tenido esas especies de corazonadas, y no he seguido casi ninguna de ellas. Pero hoy, sentía que era especial, era un impulso que me ha hecho llegar hasta aquí, hasta ti. Y puede parecerte banal, o extraño, o incluso sacado de alguna película romántica, pero… Creo que tú eres mi alma gemela.”

Ella lo miró seriamente, sin dejar de sonreír. Mucha gente había intentado salir con ella, conocerla más, pero era la primera vez que alguien se le “declaraba” de esas maneras en la playa. La situación le parecía divertida, pero, si era cierta, no podía ofender los sentimientos de aquel hombre. Le dijo que le quedaban unos cuantos metros más para terminar de correr aquella tarde, un ir y volver hasta la punta de la playa, si él continuaba allí cuando ella volviera, podían ir a tomarse un batido a uno de los chiringuitos que cerraban tarde.

-“He esperado toda una vida para estar contigo, podré aguantar unos minutos más.”

Le sonrió, y tras dar media vuelta siguió corriendo, pensando en aquel encuentro. Él, mientras tanto, se sentó en la arena, viendo como se alejaba la mujer más bella que jamás había visto.

A la vuelta, ella le dio una oportunidad de conocerse mutuamente. Quedaron durante muchos días, y muchas noches, él se enamoró perdidamente de ella, y ella… También.

Al cabo de un par de años, se casaron, y tuvieron una niña. Eran felices, cada día escribían una página más en una perfecta historia de amor.

La gente que los conocía dudaba muchas veces de esa perfección y complicidad entre ellos, pero bastaba ver la sonrisa de ella, y el brillo en los ojos de él, para comprender que eran tal para cuál.

Pero, por casualidades del destino, ella murió. Y lo dejó nuevamente solo. Con la niña.

Se sumió en una gran depresión, de la cual, ni tan siquiera la pequeña, podía sacarlo.

Él se despertaba en mitad de la noche, todo sudoroso y asustado, abrir los ojos, era hacerla desaparecer. No dejaba que ella se fuera, conseguía mantenerla viva en sus sueños, dentro de él. Ella le sonreía con tristeza, y le pedía que cuidara de su hija. Pero él cerraba los ojos. Sólo quería soñar para tenerla de nuevo a su lado.

En el transcurso de una revisión médica, le detectaron un cáncer. Tenían que operarlo con la mayor urgencia, pero él se negaba. Pensaba que ese bulto era ella, su única manera de mantener con vida su recuerdo, su sonrisa, y su voz.

-“Ella me visita cada noche, en mis sueños. Su presencia está siempre latente, hoy la encontré en una mariposa posada en mi ventana, y ayer en un libro cuyas frases parecían haber sido dictadas por ella. Cambia de forma, cambia de lugar, pero sigue siendo ella. No se ha ido, sigue aquí conmigo. La busqué hasta encontrarla, la encontré y la conocí, la besé y me enamoré. Y no quiero volver a perderla.”

Esa misma noche, ella volvió a visitarlo, su sonrisa había desaparecido, y tenía lágrimas en los ojos. Se acercó con delicadeza a su cuello, y tras dejarle un beso, le susurró al oído:

-“Se acabó. Lo sabes ¿verdad? Deja que te metan en quirófano”.
-“¿Y dejar de verte?”
-“Nunca dejarás de verme…. estoy dentro de ti…”
-“No… Es el tumor lo que provoca las visiones… y si me lo quitan….”
-“Si te lo quitan vivirás mucho mejor.”
-“Viviré sin ti. No sabes la claridad con la que te veo… Es como cuando vivías… Si alargo mi brazo puedo tocarte…”
-“Me recordarás, como todos los que recuerdan a sus muertos.”
-“Pero yo no quiero recordarte, yo quiero seguir viéndote.”
-“Cariño, el tumor es benigno, pero no deja de crecer. Y nuestra hija te necesita de verdad. Desde que yo no estoy está muy sola. Hazlo por ella… por nosotros. Tienes que pasar página de una vez.”

12 thoughts on “Impulsos

  1. jo, me has dejado con un nudo en la garganta………que bonito, la primera parte de la historia se parece mucho a la que viví con mi primer amor, pero sin perro jajjaa…..lo que pasa es que luego encontré de verdad a mi media naranja, y sin playa jajajja. Es precios Marta, pero muy triste sniffff

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *