La flor de Johann Longevie

Johann Longevie vive en la calle Le Primavera. Se trata de una calle pequeña, con apenas cuatro portales. Corta en un extremo con la calle Sueño, y en el otro, con la calle Balancín. En el portal en el que vive Johann, sólo hay dos vecinos, aparte de él.
Una señora de ochenta años, doña Soledad, que vive en el piso bajo, y que se encarga siempre de limpiar la entrada, y de recoger las cartas que deja el cartero.
-“Así hablo con alguien.”-suele decir.
Y una pareja de recién casados, que había heredado la casa del segundo piso de los abuelos de él. Apenas paran en casa, ya que trabajan durante prácticamente todo el día.

Arriba del todo, Johann comparte su piso con un perro de tamaño mediano, de color canela, apodado Caballero y con numerosas macetas llenas de flores. Éstas están protegidas en la pequeña azotea por un plástico que evita que el viento arranque las plantas de la tierra. Cuando Johann llega a casa por las tardes, saluda a Caballero, le da de comer, y antes de darle un paseo, sale a la azotea. Allí quita el plástico, riega sus plantas, les habla, las mima, y escoge una planta o una flor, y se la lleva consigo.

Cuando se trata de una planta, suele dejarla delante de la puerta de doña Soledad, junto con una nota, en la que le escribe cuatro palabras de agradecimiento. O bien, se cuela en algún otro portal, y la deja junto con una carta especificando los cuidados que debe recibir la planta.

Cuando corta una flor, una rosa, un lirio, un iris o una zinnia, las adorna con un papel traslúcido, que deja apreciar la belleza de la flor y las deja en un rellano, sin nota; o bien, se la lleva al parque, y la deja abandonada en un banco, a la espera de que alguien la haga suya.

Caballero juega con los niños mientras Johann contempla de pie, quién puede llevarse la flor. Un día, puede ser una mujer joven, que con un libro se sienta en ese banco, y que es atraída por el olor poderoso de la flor. Otro día, puede ser un niño, que la recoge y se la lleva a su madre. Incluso algún hombre la ha cogido, y mirando a su alrededor se la ha llevado, seguramente a su amante.

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La primera flor de Johann Longevie

Johann suele acertar siempre con la persona que se lleva la flor. Las zinnias hacen recordar a los amigos ausentes, y normalmente es una persona que escribe una carta o un soñador, el que se encuentra con esa flor. Cuando es un iris blanco, una mujer suele llegar a casa con felices noticias. Y cuando deja un crisantemo rojo en el banco, sabe que habrá dos personas que se acercaran y se susurraran al oído un “te quiero” melodioso. Le divierte ver a los niños, cuando cogen una margarita, y aunque se le parte el corazón cuando le preguntan a la flor, le agrada ver sus sonrisas de complicidad.

Longevie puede parecer un hombre solitario, un ermitaño de la sociedad, pero es la persona más amable y simpática que cualquiera pueda encontrarse. Quizás alguna vez te lo has encontrado en la calle, y te ha sonreído, cuando ibas pensando en tus cosas. O te ha abierto la puerta de la cafetería, cuando tú entrabas.

Johann Longevie tiene su propia historia. Él mismo la va escribiendo en un diario que renueva todos los años, por estas fechas. La escribe con letra menuda, y al final de sus palabras, dibuja con un lápiz la flor -o planta- que ha protagonizado su día. El primer diario lo comenzó cuando alcanzó la mayoría de edad, y era ayudante en una floristería.

Por aquel entonces, su familia no podía pagarle una carrera a Johann, que fue viendo como sus sueños de convertirse en alguien importante en la medicina, se difuminaban. Pero no desistió, y en cuanto acabó el colegio buscó trabajo, con el cual ayudar a su familia y ahorrar para sus estudios. Encontró la floristería, y se presentó ante el dueño, con tantas ganas de aprender, que no tuvo más opción que contratarlo. Pero nunca se arrepintió.

La primera lección que Johann sacó de aquel hombre fue la que relata la primera hoja de su diario.

Cuando los hombres comenzaban a poblar la Tierra, los ángeles en el cielo se divertían contemplándolos. Allí no existe el tiempo como nosotros lo conocemos, un segundo es para ellos una eternidad. Los hombres eran primarios, apenas tenían los conocimientos que tenemos hoy en día. Sólo se preocupaban de encontrar comida y mantener el hogar caliente. La Tierra acababa de ser creada por Él, y todavía faltaban objetos que hoy vemos como normales, como por ejemplo las flores.

Un día, los ángeles vieron como un hombre se le declaraba a una mujer, y sellaban su amor con un apretón de manos. Les pareció tan curioso, que decidieron hablar con Él, y comentarle la historia.

Allí en el Cielo, había multitud de flores, de todos los colores y de todos los tamaños, de olores frescos y empalagosos. Estaban por todas partes, colgadas de las nubes, sobre las puertas de San Pedro, en las escaleras… Entre todos decidieron dejar caer algunas de ellas sobre los campos, en la hierba fresca, sobre los árboles. Fue una lluvia de color como nunca más volvió a verse. Y que pobló todo el planeta de un tornasol intenso, que duró varios días.

La primera flor que se cortó fue una rosa roja, la que le entregó el primer hombre a su mujer, y que desde entonces es el símbolo de un amor intenso y puro.

Johann nunca olvida esa historia cuando cuida sus plantas, y la re-escribe en las cartas que deja únicamente con las rosas, en aquel banco del parque. Mientras espera que quien la reciba, la guarde junto con el sentimiento de la persona por siempre.

14 thoughts on “La flor de Johann Longevie

  1. Sólo he podido leer el principio pues tengo que recoger a los peques, pero te prometo que esta noche regreso a acabarlo. Promete ser un lindo relato. Besos. 😉

  2. De nuevo por aquí. He pasado a felicitarte por este bello relato. Marta eres una artista de pies a cabeza. No había tenido ocasión de leer nada tuyo y me ha fascinado. No sé si estás preparando nuevas entregas, pero yo no me pienso perder las andanzas de Johann Longevie.

    Además vive en la C/Primavera, cerca de la C/ Sueño y de la C/Balancín. Creo que esa dirección está cerca de la C/De los Sueños, así que es posible que un día de estos me tope con él. Estaré atenta a cualquier flor que me encuentre en el camino pues sabré que Johann la ha dejado allí con la intención de acariciar algún corazón.

    Felicidades de nuevo Marta. Feliz fin de semana para ti y tu familia.

    • Leer comentarios como el tuyo me encantan, estas historias de la Ciudad del Viento me han costado un montón, y las adoro, de hecho, cada personaje tiene un trabajo detrás, que hace que a cada uno de ellos, los intente dotar de características que conozco o que me gustaría tener para poder darle credibilidad.
      Es una alegría que te guste. Y quién sabe, si te encuentras alguna flor por el camino, puede que sea Johann el que te haya encontrado.
      Besos especiales!

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