La sombra de Celestina

Pascual se sentó en el suelo, mirando a su abuela con detenimiento. Cruzó las piernas, y dejó sus rechonchos brazos sobre ellas, esperando que Celestina, su abuela, terminara de cortar la naranja. Le llamaban la atención las profundas arrugas del delgado rostro que sonreía con dulzura.

Ella se sentía observada y levantaba la vista, sonriéndole, había un pacto de respeto entre ambos, y se entendían tanto en las charlas, como en los silencios. Celestina sabía que estaba esperando un cuento, parecía sentir como el corazón de su nieto esperaba desbocado a que ella pronunciara la primera palabra de su historia. Fuera hacía un día soleado, y sus hermanos estaban disfrutando del agua de la pequeña piscina de plástico azul.

La sombra de Celestina

La sombra de Celestina

Terminó con la naranja, le acercó un gajo de la misma a Pascual, y tras acomodar los dos cojines que tenía colocados en la espalda comenzó. Fue formando con su voz, las imágenes de la historia de las sombras, de cómo todo lo que existía en el mundo, al principio de los tiempos, fue creado, y del regalo ofrecido por los dioses al hombre, para que nunca estuviera solo, las sombras. Sombras negras que eran la compañía de los primeros habitantes de la tierra. Pero también contó como los hombres obligaron a sus sombras a que hicieran lo que ellos mandaban, a seguirlas a todas partes, y hacer los mismos gestos que ellas.

La voz de Celestina se dulcificó al llegar a la siguiente parte, como comprendiendo el dolor de aquellas pobres sombras, tratadas como esclavos.

Un día, la sombra de un hombre y la sombra de una mujer se enamoraron, pero no los “dueños” de aquellas sombras, que al revés, consiguieron desenamorarse, y partieron cada uno por su camino. Las sombras se desesperaron, ellos querían estar juntos, pero el temor de no volver a verse, las hizo reaccionar. Y aunque estaban acostumbradas a que sus dueños las manejaran, lucharon por su felicidad y su deseo de estar unidos. Así que se independizaron, se separaron por los pies de sus amos, y salieron huyendo, cogidos de la mano. Algunas sombras que los vieron escaparse, hicieron lo mismo, rebelándose contra aquella tiranía, y luchando por sus propios ideales.

Los hombres se dieron cuenta a los pocos días que sus sombras los habían abandonado, y cuando éstos se dieron cuenta de lo solos que volvían a sentirse, y comprendieron el egoísmo con que habían tratado a sus sombras, cambiaron (ja!) y trataron de ser mejores cada día, para ver, si de ese modo, sus grises compañeras volvían con ellos.

Y de este modo, con una sonrisa nostálgica, Celestina acabó de contar la historia de las sombras. Pascual lo miró un rato, y después, al escuchar las risas de sus hermanos, salió corriendo para darse un chapuzón.

Celestina se levantó pausadamente de su silla, y se acercó a una de las ventanas que daba a la calle. El sol iluminaba la acera, y la poca gente que paseaba a esas horas, iba corriendo a realizar sus tareas diarias, sin preocuparse lo más mínimo en contemplar las cosas, o las demás personas.

La particularidad de todos ellos, era que iban solos, sin sombra que les acompañara.

Este relato pertenece a la Ciudad del Viento.

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