Mis fantasmas

Esta noche, mis fantasmas acudieron en tropel a mi habitación. Vinieron sin ningún respeto, dando golpes contra las puertas, y abriendo las ventanas, para que el viento que soplaba anoche, violento y embustero, se colara por todas las aberturas de mis sentidos.

fantasmasMis fantasmas acudieron asustados, le tienen miedo a las tormentas, y al poderoso perro que guarda la puerta de la habitación. Me pidieron entre gritos y lamentos poder entrar, sin ser olfateados por el animal.Menudos fantasmas éstos, que le tienen miedo a los animales domésticos, recuerdo que pensé.

Cuando me quise dar cuenta, el perro se había ido, sin dar importancia al rastro sutil de mis fantasmas y éstos estaban acurrucados bajo la cama, tiritando, y tratando de encender una pequeña luz, que entre tonos azulados y anaranjados, resplandecía en sus transparentes rostros. Uno de ellos se levantó, y me contó que uno de ellos, el más pequeño, se había tropezado en las escaleras, al venir a verme, y su tobillo se estaba hinchando a marchas forzadas; me contó también que el que solía acompañar mis miedos de niña, se había resfriado, que ya se consideraba mayor, y que se había tenido que esconder durante un mes en una gaveta llena de jerseys, para curarse.

En dos días, volvería a asolar mis pensamientos; el que solía asustarme con aullidos guturales, tenía un grave problema. Según me contó el fantasma, se había enamorado de un fantasma con curvas, y luz interior de color rosácea, que pertenecía a otra cuadrilla. Y todo hay que decirlo, los fantasmas serán lo que queráis, pero permanecen unidos en su grupo por siempre. Y por ello, esa noche no había podido venir, no dejaba que su sábana se secase, y estaba bastante enfermo en una casa abandonada, tratando de curar su mal de amores, junto a un psicólogo, que no hacía más que confundirlo. Le aconsejé que le llevara un poco de chocolate. Suele funcionar con las personas, le dije con seriedad. Me dijo que le daría el recado.

Mis fantasmas: una historia de La Ciudad del Viento

Mis fantasmas iban saliendo poco a poco de debajo de la cama. Parecían espectros de lo que habían sido. Sus sábanas vaporosas eran ahora meros pedazos de tela llenos de rotos, la blancura de detergente no era más que un gris translúcido, y qué decir de sus tareas… llegaban impuntuales a sus citas, tal vez fuera culpa mía, por acostarme más tarde, pero antes, recuerdo que avisaban de la tardanza.

Mis fantasmas se han acomodado, a mí, a mi horario y a mis problemas. Ya no se quejan cuando saco la cámara de fotos, y trato de echarlos con el flash automático, incluso, he visto que alguno tiene móvil. Tal vez para hacerme ver que, por más que llame pidiendo ayuda, nadie puede hacer nada por mí. Pero se siguen asustando igual que siempre, cuando el despertador suena, y las primeras luces se cuelan por las rendijas abiertas de las persianas. Con parsimonia rapidez, se van, dejándome con las mismas dudas que al principio de la noche. Y mientras pienso en si ha sido real, veo como la sábana de uno, sobresale de la cesta de la ropa sucia, y la puerta de la lavadora está abierta, con agua debajo de ella, del fantasma acatarrado.

Ya no sé si acuden para alentar mis miedos, o para hacer terapia entre ellos.

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