Hoy leemos: El lobo hace huelga

Este libro de autor francés nos mezcla cuentos de todos los tiempos en los que el protagonista principal suele ser un lobo. Y es que el lobito de esta historia hace huelga. Está cansado de ir detrás de todos los personajes de cuento, y ser el malo. Así que, se encierra en su casa y…

De esta manera tan especial, el lobo hace huelga hace un repaso a casi todos los cuentos, en los que aparece. No se trata de un lobo malo que intenta comerse a Caperucita, o a la cabra del señor Seguin, sino de un lobo que comprende que ser malo no le ayuda a jugar con los demás. Y además, piensa que así nadie lo quiere. Una moral que pondremos en práctica más adelante.

El lobo hace huelga

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El árbol milenario de las lágrimas

Le contaba el señor Antonio a su hija Andrea, a la que llevaba en brazos, que allá arriba, donde habitan las estrellas, existía un árbol milenario cuyo tronco y ramas eran de oro puro, y que las hojas eran frondosas y estaban llenas de vida. El viento de las alturas se entremezcla con el calor de las nubes, y acaricia todo el lugar con una brisa que hace brillar las hojas, y el susurro que se desprende de ellas, producen una canción que se escucha en todo el Olimpo.

árbol

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Mirada de pájaro*

Sus tacones resonaban por el largo pasillo. Pasos rápidos, que al llegar a la puerta del aula de música, acababan, y eran remplazados por los golpeteos enérgicos de los nudillos de su delicada mano.
Al entrar, todas las miradas se giraban hacia ella.

La clase se componía de 15 chicos y ella. El profesor, un ilustre músico de la Filarmónica de Mainz (Alemania), serio y responsable, que encaminaba todos sus esfuerzos porque todo estuviera en orden al llegar al aula. Le agradaba además, la puntualidad. No le gustaba que interrumpieran su clase, que comenzaba siempre a las cinco en punto.

El profesor Günter venía siempre veinte minutos antes. Aprovechaba para abrir bien todas las persianas, y dejar que la luz recorriera cada rincón del aula, pasaba un trapo suave a todos los instrumentos, que iban a utilizarse en la clase, y se sentaba sobre su mesa, con un pesado libro de música de todos los tiempos, sobre sus piernas.
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La batalla de Melito

Aprendí a jugar al ajedrez gracias a mi abuelo. Éste me esperaba siempre, a la salida de las clases, en casa, frente a la ventana. Recuerdo que siempre que llegaba, y lo veía en el reflejo, tenía la cabeza baja, mirando a un tablero cuadriculado de 64 casillas. Nunca me daba un beso, ni me abrazaba. Se limitaba a preguntar, sin mirar, que tal me había ido el colegio, me decía que tenía la merienda en la cocina, y que cuando acabara los deberes, podía sentarme frente a él.

ajedrez

Ese era el mejor momento de todo el día. Me subía al enorme sillón de cuero marrón, tras poner un par de cojines para estar más alto, y en cuanto apoyaba las manos a ambos lados de la mesita, mi abuelo Melito levantaba la vista del tablero, y me sonreía.

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