Reencuentro con la esperanza

Lirio blanco. Símbolo de esperanzas. Belleza. Pureza.
Tras estas palabras, Johann escribe la fecha de hoy, poniendo el mes de octubre en números romanos, hecho que le hace sonreír. Pone la hora de la mañana y el tiempo que se ve desde su ventana:
7 de la mañana. Nublado y a punto de caer algunas gotas otoñales.

Cierra su diario, al que le quedan unas pocas páginas para acabarse, pero suficientes para llegar a final de año. Tengo que ir pensando en comprar un nuevo diario para el año que viene. Será un año completo, y como para la destinataria de hoy, lleno de esperanza.

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El viaje de Johann Longevie

Una vez Johann tuvo que viajar. ¡Oh! No era muy lejos, ni siquiera iba a estar allí más de dos días. Pero suponía un cambio en su rutina, dejar a Caballero con alguno de sus amigos, darle sus llaves a sus vecinos para que entraran a regarle las plantas…

El único viaje que recordaba era uno en que iba con su padre en un barco. Debía de tener unos siete u ocho años. Sabía que se le había hecho muy largo, pero la compañía de una niña, un par de años más joven que él, lo había animado. Hoy, se preguntaba que sería de aquella infante. Se echó a reír cuando resonó en su cabeza la pregunta de aquella niña:-“¿Porqué las calles están llenas de agua?”
No recordaba la respuesta de los padres de ella, sólo recordó la cara de sorpresa que ambos habían puesto, mientras ellos, sin esperar respuesta, habían vuelto a sus juegos.

orange_gerberaY, qué casualidad, el viaje era al mismo sitio que por aquel entonces.

Johann preparó su maleta, metió un par de camisas, un libro sobre plantas de interior, unas hojas de papel, un lápiz y su inseparable diario.

Llegó antes de lo esperado, y tras dejar la maleta en el hotel se fue de excursión en una apacible noche invernal.

Encontró todo aquello que esperaba de aquel lugar. Gente paseando animadamente por la noche, luces en todas las calles… Y a las afueras, allí donde el mar entregaba su pasión a la playa, un cielo plagado de estrellas.

Siempre existe un momento, en el que se da un paso decisivo, ese paso, pequeño o grande, nos aleja para siempre del mundo de las certezas. La mayoría de nosotros lo damos de forma inconsciente, sin comprender del todo su trascendencia, pero imaginemos por un momento que como para la mujer, este gesto se concreta y precisa: con un solo paso el mundo deja de desfilar ante nosotros y somos nosotros quienes con nuestras elecciones decidimos por donde debe discurrir el desfile… ¿Cuántos nos atreveríamos a cambiar de aires, cambiar de lugar y dar ese paso final?

En eso estaba pensando Johann Longevie cuando la encontró. Ella estaba con la cabeza baja, mirando al suelo como buscando una respuesta que no llegaba. Dos pasos más adelante, y con paso rápido, él mostraba una cara agresiva, los ojos empequeñecidos por la irritación.

Johann se los cruzó y decidió seguirlos en un instante de pasión. No quería interrumpir lo que probablemente había sido una discusión. Pero cuando ella levantó la cabeza, y lo miró con esos grandes ojos, repletos de lágrimas, supo que su primera impresión había sido cierta.

Ella era la niña de aquel barco.

Klaus, el gato de los bigotes mágicos

Comenzaba el mes de octubre en la Ciudad del Viento. Un niño volvía del colegio por el Paseo de la Vereda, llevaba arrastrando su mochila con ruedas, y pensando en el bocadillo que su madre le tendría preparado en la mesa de la cocina. El día había sido agotador, en la clase de Matemáticas, les habían comenzado a explicar la tabla del siete, que, según el profesor, era una de las más complicadas de aprender. Pero lo había contado de tal manera, que todos los alumnos se habían divertido mucho, al escuchar al profesor contar como el número 7 preparaba una fiesta en su casa, e invitaba al número 6 y al número 8 y se disfrazaban con sombreros raros que tenían un número 4 pintado…

Cuando ya iba a entrar en su casa, un sonido lo despertó de su ensimismamiento. En el árbol de enfrente, había un gatito sentado, que lo miraba con los ojos abiertos de par en par. Pablo, se acercó a él con cuidado. No quería asustarlo. Se sentó a su lado, y tras comprobar que el gato seguía sentado, y no se apartaba, alargó su mano para acariciarlo. El gato comenzó a ronronear.

Rummm, rummm…

El gato estiraba toda su columna, su lomo subía y bajaba, recibiendo las caricias del niño, y mientras ronroneaba, Pablo iba viendo que los bigotitos de Klaus se iban alargando y poniendo más duros y oscuros. Pensó que eso era normal, que así el gato demostraba su felicidad por las caricias; tan duros parecían ya, que semejaban ser alambres plateados, como los que su hermana mayor llevaba en los dientes.

Tanta gracia le hizo el parecido, que le contó la confidencia al gato, y de repente…

Su hermana apareció por la puerta de la entrada de casa. Iba buscándolo, ya que llegaba tarde. Y la madre le había dicho que fuera a buscarlo. Al verlo con el gato, se acercó y lo acarició también.

Qué bonito, pensaba la chica. Lástima que no podamos tenerlo en casa.

Al momento, la madre salió del portal, y llamó a los chicos. Todavía no había visto al gato, cuando les comentó que tenía prisa, que había visto una camada de gatitos en una tienda de animales, y… Pensaba que sería bueno tener un animal de compañía en casa, para que los niños aprendieran a ser más responsables.

Pablo cogió al gato entre sus brazos, y le gritó a su madre, que él quería a Klaus, que era pequeño y muy mimoso.

– ¿Podemos tenerlo, podemos, di mamá, podemos, podemos?
– Sí, claro, pero ¿porqué Klaus?
– El gato me lo dijo.
– ¿Sí? Entonces cómo tu quieras, hijo, pero antes de preparar un sitio para el gatito, ve a la cocina a comerte la merienda, y luego a hacer los deberes.

Pablo obedeció a su madre. Y tras comerse su bocadillo, y darle un poco de leche al gato, fueron a su habitación. Klaus parecía conocer toda la casa, ya que se encaminó a la habitación del chico, dos segundos antes de que Pablo se levantara de la silla.

Al llegar a la puerta de su habitación, Klaus la arañó con su patita a rayas, para poder entrar, y una vez dentro, se subió a la cama, a la espera de que Pablo sacara los cuadernos y libros de la cartera.
klausEl chico lo volvió a acariciar, mientras pensaba en lo feliz que estaba. Pero ahora tendría que aprender esa tabla del siete, y hacer muchos deberes.

De repente, plufff!La tabla del siete apareció delante de él.

1 x 7 = 7
2 x 7 = 14
3 x 7 = 21 …

Las vibrisas de Klaus volvían a estar duras, y alargadas como alambres, mientras Pablo realizaba sus ejercicios. Se le escuchaba mascullar entre dientes la tabla de multiplicar, cantando los números, y haciendo las diversas cuentas, que su profesor les había puesto.

Miró al gatito, poco antes de acabar, sus bigotes estaban casi normales, alargados y medio caídos, ya no resplandecían como hilos plateados. Mantenía la mirada fija en la ventana, como buscando más allá. El niño la abrió y dejó salir al gato al jardín, mientras él terminaba de hacer sus deberes.

Klaus saltó la valla, y se sentó de nuevo frente al árbol. Su mirada inteligente, observaba el poco movimiento que había en la calle residencial. Otro niño se acercaba, llevaba los ojos enrojecidos por haber llorado, y tal y como llevaba su mochila, parecía haberse escapado de casa. Cuando llegó a la altura donde estaba Klaus esperando. Se sentó, y comenzó a acariciarlo. Klaus movió sus bigotitos, haciéndose cada vez más plateados y estirándose a la par que su ronroneo aumentaba de volumen. El niño se asustó cuando Klaus dijo “miau”, pero al instante siguiente, escuchó la voz del gato hablarle.

– No temas, era para llamar tu atención. Escucha, tu mamá te está buscando. Está preocupada, porque no estás en tu habitación haciendo los deberes, y ha salido a buscarte a la calle. Está muy triste porque te ha gritado, y quiere que vuelvas para darte un gran abrazo de oso.
– ¿Estás hablando? ¿Sabes hablar?
– Sí, soy un gato mágico, leo tu pensamiento, y he visto que estás enfadado y triste, pero no es culpa tuya. Vuelve a casa, que tu mamá quiere hacer los deberes contigo.

El niño miraba sorprendido a Klaus. Su ronroneo aumentaba por momentos, la pose del gato mágico era inteligente, tenía sus dos patitas delanteras juntas y estiradas, y aunque no abría la boca, su mirada reflejaba todo aquello que le contaba al niño.

Éste decidió hacerle caso, y tras preguntarle si lo volvería a ver, Klaus le dijo que estaría un tiempo viviendo en casa de su amigo Pablo.

Los bigotes del gatito se volvieron de nuevo más suaves, y mientras Klaus volvía a casa de Pablo, el niño, de camino a buscar a su mamá, pensaba que todo parecía distinto. Las cosas parecían tener un nuevo color, los árboles resplandecían con sus hojas doradas, y él… Él sonreía ahora.

La flor de Johann Longevie

Johann Longevie vive en la calle Le Primavera. Se trata de una calle pequeña, con apenas cuatro portales. Corta en un extremo con la calle Sueño, y en el otro, con la calle Balancín. En el portal en el que vive Johann, sólo hay dos vecinos, aparte de él.
Una señora de ochenta años, doña Soledad, que vive en el piso bajo, y que se encarga siempre de limpiar la entrada, y de recoger las cartas que deja el cartero.
-“Así hablo con alguien.”-suele decir.
Y una pareja de recién casados, que había heredado la casa del segundo piso de los abuelos de él. Apenas paran en casa, ya que trabajan durante prácticamente todo el día.

Arriba del todo, Johann comparte su piso con un perro de tamaño mediano, de color canela, apodado Caballero y con numerosas macetas llenas de flores. Éstas están protegidas en la pequeña azotea por un plástico que evita que el viento arranque las plantas de la tierra. Cuando Johann llega a casa por las tardes, saluda a Caballero, le da de comer, y antes de darle un paseo, sale a la azotea. Allí quita el plástico, riega sus plantas, les habla, las mima, y escoge una planta o una flor, y se la lleva consigo.

Cuando se trata de una planta, suele dejarla delante de la puerta de doña Soledad, junto con una nota, en la que le escribe cuatro palabras de agradecimiento. O bien, se cuela en algún otro portal, y la deja junto con una carta especificando los cuidados que debe recibir la planta.

Cuando corta una flor, una rosa, un lirio, un iris o una zinnia, las adorna con un papel traslúcido, que deja apreciar la belleza de la flor y las deja en un rellano, sin nota; o bien, se la lleva al parque, y la deja abandonada en un banco, a la espera de que alguien la haga suya.

Caballero juega con los niños mientras Johann contempla de pie, quién puede llevarse la flor. Un día, puede ser una mujer joven, que con un libro se sienta en ese banco, y que es atraída por el olor poderoso de la flor. Otro día, puede ser un niño, que la recoge y se la lleva a su madre. Incluso algún hombre la ha cogido, y mirando a su alrededor se la ha llevado, seguramente a su amante.

flor

La primera flor de Johann Longevie

Johann suele acertar siempre con la persona que se lleva la flor. Las zinnias hacen recordar a los amigos ausentes, y normalmente es una persona que escribe una carta o un soñador, el que se encuentra con esa flor. Cuando es un iris blanco, una mujer suele llegar a casa con felices noticias. Y cuando deja un crisantemo rojo en el banco, sabe que habrá dos personas que se acercaran y se susurraran al oído un “te quiero” melodioso. Le divierte ver a los niños, cuando cogen una margarita, y aunque se le parte el corazón cuando le preguntan a la flor, le agrada ver sus sonrisas de complicidad.

Longevie puede parecer un hombre solitario, un ermitaño de la sociedad, pero es la persona más amable y simpática que cualquiera pueda encontrarse. Quizás alguna vez te lo has encontrado en la calle, y te ha sonreído, cuando ibas pensando en tus cosas. O te ha abierto la puerta de la cafetería, cuando tú entrabas.

Johann Longevie tiene su propia historia. Él mismo la va escribiendo en un diario que renueva todos los años, por estas fechas. La escribe con letra menuda, y al final de sus palabras, dibuja con un lápiz la flor -o planta- que ha protagonizado su día. El primer diario lo comenzó cuando alcanzó la mayoría de edad, y era ayudante en una floristería.

Por aquel entonces, su familia no podía pagarle una carrera a Johann, que fue viendo como sus sueños de convertirse en alguien importante en la medicina, se difuminaban. Pero no desistió, y en cuanto acabó el colegio buscó trabajo, con el cual ayudar a su familia y ahorrar para sus estudios. Encontró la floristería, y se presentó ante el dueño, con tantas ganas de aprender, que no tuvo más opción que contratarlo. Pero nunca se arrepintió.

La primera lección que Johann sacó de aquel hombre fue la que relata la primera hoja de su diario.

Cuando los hombres comenzaban a poblar la Tierra, los ángeles en el cielo se divertían contemplándolos. Allí no existe el tiempo como nosotros lo conocemos, un segundo es para ellos una eternidad. Los hombres eran primarios, apenas tenían los conocimientos que tenemos hoy en día. Sólo se preocupaban de encontrar comida y mantener el hogar caliente. La Tierra acababa de ser creada por Él, y todavía faltaban objetos que hoy vemos como normales, como por ejemplo las flores.

Un día, los ángeles vieron como un hombre se le declaraba a una mujer, y sellaban su amor con un apretón de manos. Les pareció tan curioso, que decidieron hablar con Él, y comentarle la historia.

Allí en el Cielo, había multitud de flores, de todos los colores y de todos los tamaños, de olores frescos y empalagosos. Estaban por todas partes, colgadas de las nubes, sobre las puertas de San Pedro, en las escaleras… Entre todos decidieron dejar caer algunas de ellas sobre los campos, en la hierba fresca, sobre los árboles. Fue una lluvia de color como nunca más volvió a verse. Y que pobló todo el planeta de un tornasol intenso, que duró varios días.

La primera flor que se cortó fue una rosa roja, la que le entregó el primer hombre a su mujer, y que desde entonces es el símbolo de un amor intenso y puro.

Johann nunca olvida esa historia cuando cuida sus plantas, y la re-escribe en las cartas que deja únicamente con las rosas, en aquel banco del parque. Mientras espera que quien la reciba, la guarde junto con el sentimiento de la persona por siempre.