Marisa se despertó una mañana sabiendo que ese día iba a ser especial. Ella iba a cambiar el mundo. No lo iba a intentar. Lo iba a hacer. El sueño que había tenido le había abierto la mente. Y además disponía de tres palabras mágicas. Tres palabras que, según todas las personas mayores con las que había hablado, le abrirían muchas puertas: por favor, gracias y perdón.
Estaba cansada de malas caras en el trayecto en metro. De miradas llenas de odio y tristeza. De personas grises y cansadas, que hacían y decían lo mismo una y otra vez. Ahora, había llegado el cambio.
Salió a la calle. El sol las iluminaba ya. Comenzó…
“Buenos días, señor barrendero, disfrute el día”, “Hola, señor panadero, sus panes cada día huelen mejor”, “Hola señora desconocida, ¿no cree que es un buen día para sonreír?”
Sus caras eran un poema. Pero después… Sonreían.
Este contenido, a excepción del contenido de terceros y de que se indique lo contrario, se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International Licencia.
