En un desierto no muy lejano, a medio camino entre unas islas, y una península, habitaba un camello de una sola joroba.
Rodolfo Valentino, que así se llama nuestro personaje, tenía un par de pequeñas antenas que le ayudaban a escuchar, entre dunas, las llamadas de otros camellos. Y también usaba unos anteojos de aviador, encontrados en un avión caído, para evitar que la arena entrara en sus ojos. ¡Qué delicado!
Por las noches, cuando todos dormían, él descolgaba su joroba, y bajo ella, soltaba unas alas blancas. Rodolfo Valentino se convertía entonces en una preciosa luciérnaga voladora y brillante… ¡Con patas de rana!
Volaba durante un largo rato, y en cuanto se cansaba de mover arriba y abajo sus alas, utilizaba las patas para seguir avanzando, con saltos rítmicos, como si fuera una bailarina con tutú.
Con los primeros rayos de sol, Rodolfo Valentino se convertía en… ¡una avestruz!
(continuará)

