Abrió la mochila con una mano, mientras con la otra mordía aquella deliciosa fruta. Intentaba encontrar un lápiz entre los cuadernos de música y matemáticas.
“A ver como consigo meter esas tres palabras en una redacción” pensaba el adolescente. “Podría comenzar con érase una vez… No, demasiado común. Había una vez… Tampoco, suena a cuento infantil.”
Cierta noche, las historias de aquel libro tomaron forma. Entre sus hojas, aparecieron caballeros de letras con un lápiz como espada. También se formaron princesas sonrojadas como frutas de la pasión, y algún que otro dragón perdido, que terminó ahogado en la profundidad de la mochila donde el niño guardaba el libro.
Dicen que cada historia contada guarda un trocito de alma de aquel quien la lee. Esa noche, se hizo realidad. Y lo que había leído antes de dormir siguió cobrando vida en sus sueños. A la mañana siguiente, solo tuvo que redactarlo.