Que junio sea el mes en el que empieza la primavera y el de los días cortos escolares por excelencia lo saben las personas alérgicas y las madres. A falta de una semana para que acabe el colegio, llevamos ya dos en el que el horario se ha reducido. Ahora, nuestra tarde empieza a partir de las 15.30, cuando estamos las tres solas ante el peligro que se llama “aburrimiento”.
Son dos horas más cada día que intentamos que sean divertidas, además de pasar un rato juntas, además intentamos variar las cosas que hacemos, y que ambas participen en todo.
Comenzamos con juegos simbólicos. Al llegar a casa, les pido un rato para comer, las Genovevas están tranquilas, y se disponen a jugar en el rincón de lectura a profesores. Es divertido escuchar como la petite llama a los amigos de la clase de l’aînée por su nombre. Aunque a los diez minutos suele cansarse de seguir las instrucciones de su hermana, y se va a leer la multitud de libros que previamente ha sacado de todas las estanterías. Es cuando l’aînée comienza a jugar con sus ponys.
Cuando yo me incorporo a sus juegos, ellas van decidiendo qué quieren hacer, o pintar, o hacer alguna manualidad, o incluso pulseras de gomitas. Bailar es también una de las actividades que más piden. Cualquier música.
Algunas tardes vamos a comprar, otras preparamos brochetas de frutas, o salimos a tomarnos un café con los tíos.
Y una cosa que no falla es sacar a la perra. Nos cogemos una hora para pasear, ir por un camino secreto en donde encontramos algún gato, de esos que no se dejan tocar, y buscamos una piedra roja para dar la vuelta, y subimos y bajamos una pequeña montaña de piedras… Después seguimos con nuestra rutina de siempre: ducha, cena, cuento o dibujos y a dormir.
Como he dicho al principio son tardes de sol, que a partir de dentro de una semana, serán un poco diferentes, porque… ¡l’aînée tendrá vacaciones!
