Bela había llegado a la playa donde la familia de Pedro estaba jugando. Sin importarle las miradas, comenzó a hacer un agujero lo suficientemente profundo en la arena para depositar sus huevos.
El niño hipnotizado preguntó a su padre si podían ayudar a la tortuga, pero le contestó que no, que ella sabía como hacer.
-“Pero está llorando. Le debe hacer daño”
-“No, hijo, no llora, porque está acostumbrada a vivir en el mar y sus ojitos se le secan cuando sale.”
Le acarició el duro caparazón, siguió con sus dedos las arrugas del mismo, mientras Bela, la tortuga, continuaba confeccionando su agujero. Al acabar, depositó allí sus huevos, y recubrió de nuevo, con sus aletas el agujero con la arena recién sacada.
Luego, trabajosamente se dirigió al mar y se volvió para mirarlos.
-“No te preocupes, nosotros cuidaremos a tus hijitos, y pronto estarán contigo”, le dijo el pequeño.

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