Si tuviera que contar todas las veces que he tenido que usar mi lupa, me diríais, queridas hijas, que estoy exagerando.
A las recomendaciones de que no juntes el pelo con tus compañeros de clase en el patio, ma chérie, se unen el “no te acerques a la televisión” para retrasar lo más posible, lo que la genética juega en vuestra contra. Pero también el inspeccionar todos los libros y juguetes que caen en vuestra manos. Me negué que tuvierais un cubo de limpieza con escoba y fregona, y ha sido con lo que más jugáis. Evito que comáis algunas cosas, y cuando llega el caso, me pedís permiso. También estáis ojo avizor a dónde me pongo, cuando estáis entretenidas, por si me necesitáis.
Trato de que todas vuestras necesidades estén cubiertas, cojo mi lupa y os miro de arriba abajo, de la cabeza a los pies, usando todos mis sentidos, para que sigáis creciendo felices.
