Los primeros rayos de sol comenzaban a calentar la arena de la playa. Ambos permanecían sentados con las olas del mar jugando a sus pies y las revoltosas gaviotas gritando en busca de comida.
Parecían felices. Ella le sonreía, él jugaba con su pelo. Sabían que no les quedaba demasiado tiempo. Se abrazaron. Los dedos de él se enredaban en los tirabuzones dorados de ella, mientras ella buscaba refugio en su pecho.
Acercó su rostro para musitarle unas palabras, él le pidió una última canción. Comenzó a cantar. La escena se quedo inmóvil. Todo parecía escucharle a ella.
La canción terminó en un largo abrazo. No hubo últimas palabras. Ni un hasta pronto. Tan sólo un adiós definitivo entre dos amantes imposibles. Un adiós concebido en unas lágrimas que nunca llegaron a darse. Las de él, porque los hombres no lloran, las de ella, porque las sirenas no saben llorar.