Marisol, la bruja

-“Juan, no puedo dormir.”
La pequeña Eva, tumbada en la cama junto a Juan, mantenía uno de los ositos de peluche agarrado entre sus brazos, mientras trataba de adivinar si Juan ya se había dormido o no. El viento soplaba con fuerza, y se veían sombras extrañas por la ventana, Eva estaba asustada y necesitaba más que nunca escuchar las palabras de su hermano.
-“Juan, estás dormido ya? Hoy no me vas a contar un cuento?”
-“Estoy despierto, déjame ver que hora es.”
Se giró sobre sí mismo, cogió la linterna que guardaba para casos especiales (como era el contarle un cuento a su hermana, o leer a escondidas debajo de las sábanas), y vio que todavía no eran las doce en el reloj de la mesilla. Él tampoco había conseguido dormirse, el día había estado lleno de emociones, entre los juegos en la nieve, y el enfado de su madre por traer los pantalones sucios de barro, se había ido triste a su habitación, con poquitas ganas de hablar.
-“Cuéntame un cuento, Juan.”
Ante la mirada de Eva, Juan no pudo resistirse, y tras pensar un poco…
-“Mmm… Mmm… Ya sé, te contaré el cuento de la bruja guapa”
-“Pero no me dará miedo, verdad que no, Juan?”
-“Claro que no, esta bruja era muy guapa, y muy buena…”
Esta bruja se llamaba Marisol. Tenía unas gafas enormes, el pelo pintado de verde y siempre llevaba unos calcetines de varios colores que le llegaban hasta la rodilla. En las clases para aprender a ser bruja, siempre se reían de ella.
-“Porqué? A mi me gustan mucho esos calcetines.”
A Marisol le encantaba leer, iba siempre con cuatro o cinco libros en los que había escritos encantamientos, pociones, hechizos y algún que otro cuento de aventuras, y claro, los calcetines se le iban cayendo al caminar, y cuando ella se agachaba, tratando de subírselos, sin dejar los libros en el suelo, y manteniendo el equilibrio, venía una de sus compañeras de clase, y le daba un pequeño empujón, para que se cayera. Debías ver como se reían todas sus compañeras. Pero Marisol, se subía los calcetines hasta la rodilla, recogía sus libros, y tras sonreírles, se levantaba y se metía en la clase.
Sus compañeras, aprendices de brujas eran todas muy feas, muy feas, tenían verrugas en la cara, y ojos grandes y saltones. Pero eran muy aburridas, llevaban leotardos negros, con agujeros, faltas cortas y jerseys de cuello alto. Ah! y se ponían un sombrero negro, que terminaba en punta, para parecer más altas de lo que en realidad eran. Le tenían mucha envidia a Marisol. Ellas eran feas y bajitas, y Marisol era tan guapa y alta.
-“Feas como la vecina de enfrente, que siempre está enfadada?”
-“Y más!”
-“Jo.”
Marisol venía de una gran familia de brujas: sus hermanas, su madre y su abuela eran las mejores brujas del país, sabían convertir con cuatro palabras, a un sapo en dragón, a un dragón en caballero, y a un caballero en piano. Mezclaban un montón de ingredientes que compraban en el “super”, para hacer sus pociones. Normalmente la madre de Marisol se encerraba con sus hijas mayores en la bodega, y probaban hechizos y brebajes. Se divertían mucho.
Pero Marisol, tan guapa y tan alta, no solía participar de aquellas sesiones entre madre e hijas. Según su madre, Marisol aún debía aprender mucho en la escuela, además siendo tan guapa y tan alta, no era demasiado merecedora de ser bruja.
-“Era como el patito feo, pero en guapo?”
-“Algo así, Eva.”
Marisol tenía una amiga que vivía en un castillo. La princesa sonriente, como así la conocían en el país, era una chica pecosilla, con dos coletas. Solían quedar al lado del río, para hablar con los animales, y escuchar los cuentos, que contaba el hermano mayor de la princesita.
Marisol le enseñó a hablar con los búhos y con las ranas, se hacían bromas, trepaban a los árboles, jugaban al escondite. Se lo pasaban muy bien juntas, y cuando ya, cansadas de tanta actividad, se sentaban a respirar, el hermano de Eva, les contaba un cuento, antes de regresar a sus casas.
Se acercaba el cumpleaños de la princesa, y ésta le pidió a Marisol, que le dejara subir en su escoba de noche. A Marisol le tenían prohibidísimo dejar su escoba, ya que era una de las cosas más preciadas que toda bruja tenía, además del gato negro. Pero como eran amigas, y a ambas les gustaban las bromas, decidieron que la noche del cumpleaños, a las 12, recorrerían el lugar en escoba.
Y esa noche, Marisol salió de su casa, a escondidas. Fue a buscar a Eva a su castillo, y juntas, subidas en la escoba, comenzaron a visitar a los niños.
-“Y van a venir aquí, Juan? A mi me dan miedo las brujas.”
-“No, aquí no van a venir, porque saben que tú te asustas, además, con Buf no pueden entrar, porque se pondrá a ladrar y despertará a los papás.”
-“Vale, entonces, te creo. Pero no me asustes.”
-“No, guapa, no te voy a asustar.
Bueno, los niños al verlas asomarse por la ventana se asustaban un poco, y se ponían la sábana por encima de la cabeza, pero cuando las escuchaban reírse, encendían la luz, y veían que la bruja era muy guapa, y que su amiga, sonreía mucho. Hicieron muchos amigos esa noche.
Pero Eva quería más. Se acercó a Marisol, y le dijo al oído…
-“Vamos a ver a tus compañeras de clase.”
-“Porqué? No prefieres seguir con los niños?”
-“Vamos a gastarles una broma.”
Y en voz muy bajita, muy bajita, le contó su plan.
Cuando se acercaron a la ventana de una de ellas, Marisol golpeó la ventana con el puño, mientras gritaba que ella era…
El coco!!
Que tenía un enorme cofre donde metía a todas las brujas que se portaban mal en casa y en la escuela, y que era su turno. Se la iba a llevar muy lejos para que aprendiera a comportarse. La bruja estaba muy asustada, se metió debajo de la cama, mientras llamaba a su madre entre hipidos. Pero entonces escuchó las risas de ambas niñas, de Marisol y de Eva, y se dio cuenta que una de ellas llevaba calcetines de colores, que los llevaba casi caídos por el tobillo. Salió de debajo de su cama, dispuesta a gritarles que le habían dado un susto muy grande, pero las risas de Marisol y Eva eran contagiosas, y terminaron las tres por el suelo, desternilladas de risa.
Y, Eva, no tengo que decirte, que luego en clase, la bruja asustada les contó a sus compañeras la broma que le habían gastado, y se hicieron todas muy amigas. A partir de entonces, todas las noches, salían en sus escobas a asustar a los niños que no se portaban bien, y a reírse con los niños que si lo hacían.
“-Por eso hoy, Eva, el viento sopla con tanta fuerza, y se ven sombras por la ventana. Las brujas han salido a divertirse.”

Este cuento lo escribí en mi primer blog, el 3 de diciembre de 2004.

0 thoughts on “Marisol, la bruja

  1. A mí también se me caían los calcetines en mi etapa de colegiala! jajaja, eso sí, no llevaba el pelo verde…Me asombra tu capacidad de inventiva amiga! Eres genialmente genial! Ahora eso sí, a ver el domingo si eres tan valiente con 150 palabras! jajaja

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