Mirada de pájaro*

Sus tacones resonaban por el largo pasillo. Pasos rápidos, que al llegar a la puerta del aula de música, acababan, y eran remplazados por los golpeteos enérgicos de los nudillos de su delicada mano.
Al entrar, todas las miradas se giraban hacia ella.

La clase se componía de 15 chicos y ella. El profesor, un ilustre músico de la Filarmónica de Mainz (Alemania), serio y responsable, que encaminaba todos sus esfuerzos porque todo estuviera en orden al llegar al aula. Le agradaba además, la puntualidad. No le gustaba que interrumpieran su clase, que comenzaba siempre a las cinco en punto.

El profesor Günter venía siempre veinte minutos antes. Aprovechaba para abrir bien todas las persianas, y dejar que la luz recorriera cada rincón del aula, pasaba un trapo suave a todos los instrumentos, que iban a utilizarse en la clase, y se sentaba sobre su mesa, con un pesado libro de música de todos los tiempos, sobre sus piernas.
A medida que iban entrando los alumnos, de una media de edad de 20 años, él los saludaba en un impecable español, pero que todavía dejaba entrever su origen alemán. Saludaba y seguía leyendo.

Un minuto antes de las cinco, cerraba el libro, cogía su batuta, y se colocaba detrás de la mesa. Miraba el reloj de la pared, y comenzaba con un fuerte “buenas tardes”. Dando así comienzo a una tarde de tres horas de música, historia y anécdotas.

Todos los días, a las cinco y siete minutos, la clase se quedaba en silencio. El profesor Günter dejaba de escribir en la pizarra, y todos los varones, desde sus sillas, se quedaban quietos, sin tomar apuntes. Era un silencio espontáneo, que no duraba mucho más de tres segundos. Silencio extraño para todo aquel que pudiera contemplar la escena desde fuera del aula, sobre todo por la aparente majestuosidad del duelo de esos tres segundos. Tres segundos que tardaban en escuchar los toques sucesivos de sus nudillos en la puerta. Diagonal de luz, ropa primaveral y su cabello ondulado recogido en una alta cola de caballo.

Sonreía, se excusaba delante del profesor, y recogía sus libros bajo su silla de la segunda fila.

Su infancia había estado marcada por la música. Desde pequeña, sus padres la habían apuntado a clases de solfeo, y posteriormente de piano. Progresaba con celeridad. Pero nunca quiso adelantar de curso.
Cada año un curso, cada curso una nueva etapa.
Poco a poco, sin responsabilidades añadidas, con sus amigos, y sobre todo, gustándole la música.
Para ella, la música no era un oficio, era arte. Y si, a los 13 o 14 años, hubiera seguido el consejo de la directora de la Academia, seguramente hubiera llegado a odiar todo aquel mundo.

Ana era bella y graciosa. Los chicos de la clase se la quedaban mirando embelesados, sin poder pronunciar palabra. Incluso el profesor, continuaba la clase, sin mayores enfados, a pesar de la poca puntualidad de su alumna… Más aplicada.
Describirla es complicado.
Su rostro níveo, de piel cremosa y sin arrugas, parecida a los materiales de cualquiera de las estatuas del parque. Frente lisa, ojos claros, labios de piel de cereza. Labios que se mostraban siempre húmedos, cual rosa al amanecer, tratando de recibir, con anhelo las gotas del rocío. Su voz era melodiosa. Tenía un extraño acento, que le hacía arrastrar algunas veces las palabras, provocando constantes sonrisas en todo aquel que la escuchaba hablar.

Y sus ojos? Eran verdes, verdes como los bosques de altos árboles de la ciudad de Mainz, pero también eran azules. De un azul profundo, como el azul de aquellos lagos turquesa donde muchas tardes de domingo habían ido todos a pescar.

Nunca al mismo tiempo. Ora verdes, ora azules. Siempre luminosos. Siempre profundos. Alguno de los chicos de la clase, eternos enamorados de Ana, había dicho un día que sus ojos no tenían color, sino sonido. Ana pasaba justo por su lado, y se lo quedó mirando. Le sonrió y encaminó sus pasos hacia la biblioteca.

El chico que así se había pronunciado se quedó pensativo unos momentos. Tal vez avergonzado porque ella lo hubiera escuchado. Pero sorprendió a todos al añadir las siguientes palabras…

“Tiene mirada de canto de gorrión.”

Durante el tiempo que duró el curso, Ana fue la musa de todos los alumnos y del profesor. Aturdía a todos, cuando sus finas manos acariciaban las teclas del inmenso piano de cola de la clase. Desorientaba al profesor, cada vez que levantaba la mano, y le preguntaba acerca de la música. Pero no porque no lo supiera, sino porque ella mantenía la mirada fija, esperando una respuesta.

Muchos años después, los alumnos se juntaron, y recordando esas clases, alguien mencionó la tristeza que debía sentir Ana. Mujeres como Ana, tan bellas que las hacen inaccesibles a la mano del hombre, tan imposibles que únicamente son objeto de amores platónicos…

Ella alcanzó la fama como músico, se hizo querer en los círculos de Arte, era invitada especial de numerosas galas, y sus manos acallaban cualquier mal pensamiento. Era única. Y ella lo sabía. Siempre lo supo.

Sus ojos de canto de pájaro se fijaban cada día en las manecillas del reloj, que señalaban los números 5 y 7, conocían la madera de la puerta y su propia mano, golpeando la puerta, veían la cara del profesor y las sillas ocupadas por los chicos, la suya vacía. Se sentaba y su mirada de canto de pájaro se fijaba en la pizarra, en las notas escritas, y en el soberbio piano.

Miraba sin ver. Mientras que a ella la veían todos. Ella no se atrevía a ver a nadie. Sus ojos deseaban palabras y gestos, pero no obtenían nada, salvo admiración baladí y cariño a distancia.

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