-¿Lo de siempre?
El señor asintió con la cabeza, y se dirigió a la mesa de la esquina. Sacó unos folios anudados por el borde, un libro y un rotulador rojo de una bolsa.
Una vez con el té en su mesa, escondió sus ojos detrás de las páginas del libro, y se dispuso a compartir las conversaciones de las mesas cercanas.
Le gustaba aquel lugar. Se trataba del único lugar de encuentro de escritores y novelistas de toda la ciudad. Pocas personas, fuera del ambiente, conocían ese sitio. Pero era acogedor y los camareros te trataban con respeto… Fueras quien fueras.
Desde aquella mesa, dominaba gran parte del salón, y podía escuchar con atención las palabras que salían de tan distinguidos escritores.
Él llevaba escritas ya dos novelas. Y aquel manuscrito sobre su mesa, que con un movimiento rápido terminó sobre otros de la mesa contigua. ¡A probar suerte!
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Me encanta… tu historia de hoy refleja lo difícil que es para un escritor publicar… ojalá tenga suerte 😉
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Sí, para un escritor que empieza, o incluso alguno no conocido, es difícil. Aunque no deben caer en el desánimo.
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Un sitio en el que te tratan bien y, parapetado tras un libro, puedes escuchar las conversaciones de otros… Ummmm, qué interesante!!!
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Suena muy interesante, al estilo de los antiguos cafés literarios.
Buenos días!
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¡Un valiente! Yo sería incapaz… Una historia que se lee en un suspiro y deja con ganas… ¡Una vez más!
¡Besicos!
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¡¡Incapaz?? No digas eso, estoy segura que muchas editoriales se rifarían tus escritos 😉
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En un café literario nos encontramos por primera vez mi chico y yo… y nos echaron por darnos un abrazo demasiado largo. Jus!
Besotes!
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Me encanta, menuda primera vez tan bonita!
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