El pasado jueves 13 de febrero salimos del trabajo a las ocho menos cuarto para ir al colegio. En el recorrido tardamos unos 15-20 minutos, dependiendo si vamos por la carretera general o la autopista y de los coches que haya en ese momento. Salimos tarde. Muy tarde.
La campana suena a las 9. Y pasaban dos minutos cuando estábamos en la calle del colegio. No había sitio para aparcar. La fila de coches no se movía. No podía bajarme del coche y dejarlo allí. Llamé a los dos padres cuyas hijas suelen entrar y saltaba el contestador…
Danièle, ¿tú eres capaz de entrar al colegio sola e ir a clase?
Claro mamá, soy mayor.
Ven al asiento de delante y prepárate.
Pero vas a la puerta de Ratón directa, eh!
Y dicho y hecho, en cuanto nos acercamos un poco más a la puerta del colegio, le abrí la puerta, cogió su mochila, y cerró la puerta. Controlé que entrara y seguí mi camino.
Reconozco que pensé en buscar un aparcamiento en la calle siguiente, pero estaba llena de coches aparcados en doble fila. Y sé que no me quedaría tranquila hasta verla por la tarde.
Tiré de móvil hasta que una de las madres me lo cogió, y me dijo que le había parecido verla entrar hacia clase.
Como decía en el post de Autonomía infantil, a los niños debemos darles la suficiente confianza para que ellos consigan la meta. L’aînée estaba preparada para entrar al colegio sola, y sabía el camino hasta su clase. Me demostró su madurez al ver que llegábamos tarde, y la solución que le di fue aceptada tan rápida. Estoy segura que ahora, mientras escribo esto, ella habrá contado en clase que entró sola en el colegio, que es muy mayor…

Será la anécdota del día. No lo dudes. Pero es verdad… se nos hacen tan mayores. Ahora tenemos que asumirlo.
Bss