Todos los días, sin excepción, lo veía aparecer por la esquina. Primero su bastón, luego su viejo pantalón de pana gris, y después ese ser que no se atrevía a salir, su persona. Y entonces, sus bellos ojos verdes me miraban, me cautivaban, y me seguían hasta que él entraba en la cafetería donde yo me tomaba el desayuno. Y se sentaba en una mesa, cercana a la ventana, desde la cual, parecía contemplar el mundo.
A la misma hora, lloviera o hiciera sol, siempre con una amarga sonrisa, pero una mirada intensa. Parecía asustado, o al menos, eso pensaba. Pero siempre seguro en su caminar.
Mil veces me pregunté por qué alguien cuya mirada hechizaba a tantas mujeres, estaba tan solo. Entraba siempre por la misma puerta de la cafetería, pedía su café, y su mirada brillante desaparecía entre el tumulto de la gente. Sus ojos verdes se movían por todo el lugar, deteniéndose en cada conversación, mirando a las personas que hablaban.
Pocos días antes de su desaparición, me invitó a su mesa. Me llamó por mi nombre, y tras explicarme que había escuchado como me llamaban los camareros o por comentarios de compañeros de mi trabajo, que coincidían por la mañana en el mismo café, me senté a su lado.
A poca distancia de él, sus ojos verdes todavía deslumbraban más. Eran dulces como puede serlo el algodón de azúcar, y transmitían serenidad, como en un día fresco de primavera. Su cabello, que caía en mechones oscuros por su frente, era de un color castaño, tal y como se ponen esos árboles en el declive del otoño, que todavía lo hacía más interesante. Se llamaba Balduino, y según me explicó, el significado de su nombre, de origen germánico, era “el amigo valiente”.
Comenzó su historia hablando de una chica, a la que había conocido tiempo atrás. La manera de conocerla no me la contó, pero sí resaltó la belleza de su voz. Ella tenía una voz cálida e inocente, con un ligero seseo que la convertía en una voz graciosa. Debía ser de una familia de clase alta, y con poca costumbre de hablar con la gente. Ella, le había contado alguna vez, que no se sentía la más bonita de la familia, y que eso le impedía relacionarse con la gente.
Balduino me habló de la última vez que la vio. Sus ojos se agrandaron aún más, recordando el episodio. Se aclaró la garganta, colocó su servilleta sobre sus piernas, y tras tomar una bocanada de aire, le dijo a aquella chica, que desde el primer día que la había conocido, se había enamorado perdidamente de ella. Su voz le había cautivado, y sus delicadas manos lo habían hechizado.
-“No te pido que te cases conmigo, sólo necesito una oportunidad para hacerte ver que te quiero, sólo deseo salir contigo.”
La chica no debió entender bien el mensaje de amor que le acababan de hacer, ya que Balduino me contó que tuvieron que pasar unos minutos para escuchar la respuesta de ella, y entre risas y temblores en la voz, le dijo que:
-“Tú estás loco, Balduino! Cómo puedes decirme eso?”
-“No estoy loco. Déjame que te explique. Todas las mañanas, a las ocho, me acerco a esta cafetería, a escuchar a la gente. Normalmente, no vengo solo, sino con un amigo, que es quien me hace observar cosas, que de otra manera, a mí, me pasarían desapercibidas. La primera vez que entraste aquí, te sentaste dos mesas más allá, con un viejo libro de literatura. Vestías un abrigo gris, que te llegaba hasta las rodillas, y una bufanda de lana blanca. Mi amigo me lo comentó, y yo me interesé por ti. He venido a diario, para ver que harías, y te he visto leer libros, rellenar crucigramas, hacer esquemas en hojas blancas, llorar penas y reír a carcajadas. En alguno de esos momentos, me he enamorado de ti. No sé como sucedió, sólo sé lo que siento.”
A Balduino se le humedecieron los ojos al recordar ese instante. Me dijo que ella le ordenó callar, y que mientras cogía su abrigo del respaldo de la silla, le contestó que no le creía, que dejara aquella broma estúpida, que él no era nadie para jugar con su persona.
Balduino se levantó para decirle que no era ninguna broma, que realmente estaba enamorado de ella, pero tropezó con las patas de la mesa, y cayó al suelo, ella aprovechó ese instante de confusión, para salir por la puerta y no volver.
Él tampoco volvió a esa cafetería. De hecho, se fue de viaje, a recorrer mundo. Cuando volvió, años más tarde, al mismo lugar del que huyó, uno de los camareros le contó que ella había vuelto, apenas dos días después. Había preguntado por él, para saber que hacía y disculparse por su marcha, pero no lo había encontrado. El camarero no la reconoció en un primer momento, y le contó que se había ido por el mundo, para tratar de reponerse.
Ella le preguntó que había ocurrido, y entonces, se enteró que Balduino estaba realmente enamorado de ella. Él era un hombre importante, con un grandísimo corazón, no le faltaba de nada, pero el amor se le resistía, y cuando por fin, se decidió a exponer a la chica del café sus sentimientos, ella no lo creyó. La gente del café que conocía a Balduino, no llegó nunca a comprender como ella pudo rechazarle.
-“Es complicado de comprender que ella nunca se diera cuenta que soy ciego.
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Oohhh, se me han puesto los pelos de punta mientras lo leía!!! Muy bueno!
¡¡Bello, muy bello!!
Qué bonito y triste a la vez!!! a veces vemos pasar el tren y cuando nos damos cuenta de que el destino es el apropiado, es tarde para cogerlo…
Besos felices
Ayyy qué emocionante!!!
Que lindo y que triste Marta…
Genial ♥
pd. No me llegaban las actualizaciones, algo he hecho mal…
me lo estaba imaginando. Tener una amiga ciega te enseña mucho y que su mayor recuerdo fuera la voz me lo dijo todo. Una historia preciosa
Creo que es uno de los relatos tuyos que más me ha gustado. Es una auténtica preciosidad.
En serio ¿cuándo vas a publicar algo?
Besos.
Una historia preciosa Marta, me ha gustado mucho ni se de donde sacas estas historias, pero muchas felfejan la vida misma, esta me ha dejado la piel de gallina.
Aunque a Balduino le faltaba el sentido de la vista tenía muchos otros sentidos muy desarrollados , mucho más , que otros especímenes .Tanto ,que sin verla sabía como era . ¡Qué amor más de verdad!. Y ¿Cuántos Balduinos habrá por el mundo?.
Precioso cuento Marta .
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