Este mes jugamos con una frase del ensayista estadounidense Elbert Hubbard.
Recuerda, cuando creas que no hay más camino, sigue adelante. Te extrañaría ver cómo se van esclareciendo las dudas.
Sentado al lado de la ventana de la buhardilla, no podía dejar de leer aquellas cartas. Las había encontrado en un baúl que estaba lleno de fotos, de recortes de periódicos y con aquella caja vieja de zapatos.
El tesoro de su abuelo.
Había decidido quedarse con la casa de sus antepasados. A pesar de todos las contras que encontraba por todas partes y de todo aquel que conocía la historia de la casa y de la familia.
Era la casa de su infancia. Donde había vivido las mayores aventuras vespertinas, buscando tesoros escondidos, trepando a los árboles y hablando con todo ser viviente de más de 6 patas.
Decidió abrir todos los armarios, ver todas las etiquetas de las botellas de alcohol que guardaba con tesón su padre, encontró planos, papeles importantes y fotos antiguas.
Pero nada era tan importante como aquel fajo de cartas. Era una llamada al optimismo. No sabía quién las había escrito. Al menos, no todavía. Pero la lectura lo tenía atrapado en aquel lugar.
Fuera llovía, la luz se había ido, y tras hacerse un sándwich en la cocina, recoger una linterna con pilas cargadas y ponerse un jersey, volvió a subir a la buhardilla.
Tenía grandes planes para esa casa. Ya no le importaba que la hubieran echado a perder. Sólo le interesaba continuar el esfuerzo de generaciones, sabía de los apuros que habían pasado años atrás para construirla, para mantenerla… Y ahora, esas cartas le confirmaban que era un lugar especial.
No había nada de magia, oh no, ni de misterio, tan sólo amor entre sus cuatro paredes y muchas ganas de dar un futuro decente a las futuras generaciones.
Aquella carta comenzaba con un “querido mío”. ¿Sería a su padre a quien era dirigida?
No te preocupes por mí, estoy bien aquí. Estoy dando clases en un colegio chiquitito, a niños cuyas familias les cuesta comer cada día. Pero deberías ver la cara de ilusión que traen cada mañana. Quieren aprender. Parecen querer absorber todo el conocimiento posible para salir de sus vidas y darse a ellos y a sus familias un futuro mejor. Hay un niño que quiere ser médico. Y lo será. Quiere curar a todos los niños que pasen entre sus manos. Y estoy segura que lo conseguirá. Es un niño delgado, rubio, de ojos vivos. Cuando les damos el desayuno lo saborea, se toma su tiempo. Se nota que no tiene mucho que comer en su casa. Es el pequeño de una familia de 4 niños. Pero sin ninguna duda el que llegará más lejos. Está siempre pendiente a lo que digo, pregunta todo lo que se le ocurre, y hasta que no queda satisfecho con la respuesta, no para.
Llegará lejos…
Dulces besos.
Qué parecida era la historia a la que él conocía. Un padre médico, una familia de cuatro, una infancia dura…
Así siguió leyendo más cartas. Casi todas hablaban de ese chico rubio de mirada inteligente. Se preguntaba si habría llegado a cambiar su sino.
Llegó a la última carta del paquete. Parecía más nueva. La desplegó sobre sus rodillas y comenzó a leer…
Querido hijo,
Si alguna vez lees esta carta, quiero que sepas que estoy muy orgulloso de ti. Sé que muchas de las cosas que has vivido no las has comprendido. Que has tenido como una parte de tu vida escondida a tus propios ojos. Aquí no te voy a desvelar los secretos que hemos guardado en el seno de la familia, pero quiero que sepas que siempre te hemos querido. Aprovecha el tiempo presente. No te disgustes con cosas nimias e intenta hacer siempre el bien a los demás. Busca tu verdadero destino, no el que te impongan, sino el que es tuyo. El que hayas ganado con tus estudios, el destino por el que muestres verdadera vocación. Sé que lo habrás hecho. Siempre te hemos protegido, pero no de los demás, sino de nosotros. Recuerda que hemos querido lo mejor para ti, pero tienes que vivir tu vida, sin interferir en la de los demás.
Dulces besos, que diría tu madre; con cariño, tu padre.
Eso le recordó aquella frase que había leído cierta vez,
No se tome la vida demasiado en serio; nunca saldrá usted vivo de ella.
Tenía claro que ahora era su tiempo. Y lo que durara, duraría. Pero sería feliz, con su familia en aquel lugar.
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Me gusta muchísimo como escribes, de verdad!!!
Feliz semana!
Buenos días,
Muchas gracias!
Genial Marta, como siempre!!! me encantan las historias de esta sección…
Feliz semana
Gracias Carol, me alegra que te gusten
Ya se acaban los adjetivos contigo, mi querida amiga Marta. Una gran historia, muy bonita y con mucho sentimiento y una parte de ternura. Yo puedo entender un poco al protagonista, vivo en la casa que era de mis abuelos, y aunque sabemos que lo mejor sería venderla, cuesta…
Muchas gracias por participar de nuevo y con una gran historia como esta.
Besicos!
Ohhhh, Ramón, eres lo más. Muchas gracias -siempre- por tus comentarios y tus adjetivos. Hace la tira que nos conocemos, jajaja, y tengo que decir que escribes a las mil maravillas.
Sobre el tema de casas… Llevo unas semanas dándole vueltas, así que en todo lo que escribo últimamente, salen casas abandonadas o antiguas…
Eres el primero de la lista para ponerme al día en lecturas y comentarios.
Besos especiales
Me a encantado, como en tu relato la casa de mis abuelos era un lugar especial, donde siempre se encontraban cosas del pasado, eso que antes las casas pasaban de generación en generación porque no era fácil acceder a viviendas, te daba por resultados una casa con vida e historia. Un abrazo,
Sí, hay casas que si pudieran hablar nos contarían grandes historias.
Besos y gracias por pasarte.
¡Hola Marta!
Me encantan tus historias, esta me ha sacado una sonrisa y me ha hecho pensar mucho en las casas de mi infancia, las familias y todo. Yo que ya estaba con la vena sensible…
Me ha encantado el relato.
¡Un besín!
Linda historia, me gustó y colocó una sonrisa en mi rostro, gracias por compartirla.
Saludos.
Me encanta la seccion de te robo una frase…es simplemente genial.
Lindo relato, me llenó de nostalgia. Felicidades!
Hola.
Qué bonita la historia. No sé si por ser en forma de diario, de cartas, por el ambiente que transmite, que me ha cautivado… Me encanta la nostalgia, el amor por los niños, la unión familiar,…
Gracias Marta.
Me has emocionado, como siempre, y en esto no tienen nada que ver mis hormonas, te lo aseguro.
Una pregunta ¿tengo que leer entre líneas?
Besazos guapa.